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Los autobuses eléctricos, identificables por un símbolo de enchufe eléctrico en sus ventanillas, están transformando el transporte público en ciudades como Bruselas y Madrid. Estos vehículos, que circulan silenciosamente, se han vuelto cada vez más comunes en Europa, donde la eliminación de las emisiones de los tubos de escape de las flotas de autobuses públicos se considera una estrategia clave para mejorar la calidad del aire.
Según Michela Le Pira, profesora adjunta de Transporte en la Universidad de Catania, la mayoría de los europeos vive en zonas urbanas, donde el transporte por carretera impacta negativamente en la calidad del aire. En 2023, la contaminación atmosférica por encima de los niveles recomendados por la OMS causó 279.000 muertes en la Unión Europea. Aproximadamente el 14 por ciento de las concentraciones de partículas finas en las áreas urbanas proviene del transporte por carretera, que incluye tanto el transporte público como el privado.
La Unión Europea se ha propuesto convertirse en el primer continente climáticamente neutro para 2050, con el objetivo de reducir en un 90 por ciento las emisiones de gases de efecto invernadero del transporte respecto a los niveles de 1990. Sin embargo, según un análisis de DW, Copenhague es la única capital de la UE que ha electrificado casi por completo su flota de autobuses. En otras ciudades como Roma, Lisboa y Nicosia, más del 90 por ciento de los autobuses aún funcionan con diésel.
Los autobuses eléctricos no solo ayudan a reducir la contaminación atmosférica, sino que también disminuyen el ruido y los costos operativos del transporte público, especialmente si la ciudad produce su propia electricidad. Sin embargo, su precio de compra es más elevado que el de los autobuses diésel, y en 20 de las 31 ciudades analizadas, más del 50 por ciento de la flota sigue siendo convencional.
Las emisiones del transporte público no se limitan a los tubos de escape. Las emisiones indirectas, como las generadas por la producción de electricidad o combustibles, también contribuyen a la huella de carbono. Desde 1992, los autobuses y vehículos que utilizan combustibles fósiles han estado sujetos a normas de emisiones cada vez más estrictas en la UE, logrando una reducción del 92 por ciento en las emisiones de partículas finas de autobuses y vehículos pesados en 2022.
A pesar de estos avances, los Estados miembros de la UE están lejos de alcanzar la reducción del 90 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero del transporte prevista para 2050. La transición hacia un transporte público de cero emisiones es un paso crucial hacia la descarbonización del transporte urbano. Sin embargo, el verdadero desafío radica en motivar a las personas a dejar de utilizar sus automóviles en favor del transporte público, como señala Le Pira. |