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Misiones On Line 09-03-2026 Por: Luis Marcelo Cardinali, ingeniero civil, magister en administración estratégica de negocios, investigador.
Durante años, el debate público sobre las represas quedó atrapado en un dilema binario. Desde su experiencia en la operación de una gran central hidroeléctrica, el ingeniero Luis Marcelo Cardinali propone correr el foco: más que discutir si una represa debe o no hacerse, la clave está en definir bajo qué condiciones técnicas, ambientales e institucionales puede convertirse en una infraestructura de verdadero interés público.
—Durante mucho tiempo el debate público estuvo marcado por la consigna “represa sí o represa no”. ¿Cree que ese sigue siendo hoy el eje correcto de la discusión?
—Creo que es un eje incompleto. Entiendo que esa consigna tuvo sentido en un contexto histórico determinado, pero hoy no alcanza para abordar la complejidad del problema. La pregunta relevante ya no es si una represa se hace o no, sino en qué condiciones se la piensa, se la construye y se la opera. Una represa no es solo una obra: es un sistema técnico, ambiental y social que funciona durante décadas.
—Usted tiene una gran experiencia en la operación de Yacyretá y en la gestión integral de una central hidroeléctrica. ¿Qué aporta la experiencia operativa a este debate?
—Aporta realidad. Cuando uno está en la operación cotidiana entiende que muchas discusiones teóricas se redefinen frente a los hechos: cómo responde el río, cómo se gestiona una crecida, cómo se priorizan usos del agua o cómo se asegura la confiabilidad eléctrica. La experiencia muestra que los proyectos evolucionan, aprenden y se corrigen en el tiempo. Eso es clave para salir de miradas rígidas.
—En la región existen antecedentes importantes. Brasil, por ejemplo, cuenta con más de 160 represas en funcionamiento. ¿Qué enseñó ese proceso acumulado?
—Enseñó mucho. Enseñó que los primeros proyectos no tenían los estándares actuales, pero también que hubo un aprendizaje técnico, ambiental e institucional muy significativo. Hoy nadie pensaría una represa como se pensaba hace 40 o 50 años. Hay mejores diseños, mejores sistemas de monitoreo, mayor exigencia ambiental y más conciencia sobre la necesidad de reglas claras y control permanente.
—En el Cono Sur, Yacyretá e Itaipú suelen mencionarse como hitos. ¿Qué dejaron esas experiencias?
—Fueron verdaderas escuelas. Desde el punto de vista hidrológico y energético, permitieron comprender el comportamiento de grandes ríos, la interacción entre generación eléctrica y manejo del agua, y la importancia de la coordinación binacional. También dejaron aprendizajes institucionales: cómo se toman decisiones complejas, cómo se ajustan criterios operativos y cómo se incorporan nuevas demandas sociales y ambientales con el tiempo.
—Hoy el contexto climático es distinto. ¿Cómo influye el cambio climático en la evaluación de este tipo de infraestructuras?
—Influye mucho. Hoy sabemos que los extremos climáticos son más frecuentes: sequías más prolongadas y crecidas más intensas. En ese contexto, una represa bien gestionada puede ser una herramienta de resiliencia, no porque controle todo, sino porque ayuda a reducir daños, ordenar prioridades y ganar tiempo de respuesta. Eso requiere reglas claras y una operación responsable.
—Entonces, desde su mirada técnica, ¿cuáles serían las condiciones mínimas para pensar hoy un proyecto hidroeléctrico?
—Diría cuatro cosas fundamentales. Primero, seguridad, entendida como diseño, operación y control permanente. Segundo, utilidad pública real, en términos de energía confiable y aporte al sistema. Tercero, gestión ambiental basada en datos, con monitoreo, indicadores y capacidad de corrección. Y cuarto, instituciones sólidas, que definan quién decide, quién controla y quién responde. Sin eso, cualquier promesa es débil.
—En ese marco, ¿qué rol juega la participación social?
—Un rol central. La licencia social no se decreta ni se comunica con slogans. Se construye con información accesible, con procedimientos claros, con instancias de consulta reales y con respuestas a los planteos que surgen. Cuando la gente ve reglas, controles y datos públicos, el debate cambia de tono: deja de ser una confrontación y pasa a ser una discusión sobre condiciones verificables.
—Para cerrar, ¿cuándo una represa deja de ser una obra “polémica”?
—Cuando se vuelve controlable. Cuando hay reglas claras, auditorías independientes, monitoreo continuo, rendición de cuentas y quedan claros los beneficios para la región. En ese punto, la represa deja de depender de la fe o de la desconfianza y pasa a depender de mecanismos que cualquiera puede verificar. Ahí es cuando puede convertirse, de verdad, en infraestructura de bienestar público. |
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